miércoles, 17 de agosto de 2011

Capítulo 9: Frío y Calor

La siguiente semana fue la peor de toda mi vida, la pasé tumbada en la cama tan solo levantándome para ir al baño, y muchas de esas veces eran para vomitar.
Estuve alojada en casa de Bella mientras que los lobos de la manada de Sam junto con Jacob y Seth arreglaban el butrón que había en la pared de mi casa, pero lo debieron de pasar realmente mal puesto que todos los días de esa semana hubo lluvias incesantes acompañadas de estrepitosos truenos y llamativos relámpagos, además, no solo se encargaban de reconstruir mi casa, también tenían que vigilar el bosque y los alrededores, tenían que cumplir sus obligaciones de lobo.
Mientras los licántropos estaban fuera, yo me encontraba dentro de la casa de Bella bajo la estricta vigilancia de Seth-que se ofreció a quedarse conmigo algunos días-, Bella y Edward. Pude unir más lazos con cada uno de ellos, ya me consideraban una más a pesar del escaso tiempo que llevábamos juntos.
Las conversaciones que mantuve con Seth eran todas muy divertidas, siempre estaba de buen humor y conseguía sacarme una sonrisa todos los días que estaba conmigo, hacía lo imposible para que yo no me centrase en el increíble dolor que se estaba produciendo en mi interior. Pero a pesar de sus palabras llenas de entusiasmo y su tez aparentemente tranquila, sabía que él también estaba librando una batalla en su interior y sabía que en aquel momento estaba perdiendo, pero no me contó nada acerca de él y sus problemas, siempre hablaba de cosas buenas.
-Ser lobo no está nada mal –dijo la mañana siguiente después de quedarme a dormir la primera noche-. No tienes que preocuparte, y el dolor es pasajero, todos lo hemos pasado.
-Espero que valga la pena –dije con la voz apagada-. He pasado una noche horrible, no pude pegar ojo.
-¿Qué es lo que has hecho?, ¿retaste a Edward para ver quién aguantaba más sin dormir? –dijo entre risas.
-Eso hubiese estado interesante, pero seguro que si hubiese sido eso, ahora mismo, tendría mejor color de cara.
-Entonces, ¿por qué te has levantado con tan mal color de cara? –dijo con tono de preocupación.
-Dormí una o dos horas, pero luego me despertó una gran presión en el pecho, como si una enorme roca me aplastase contra el colchón, y a partir de ahí todo fueron vómitos.
-No hace falta que me cuentes más, de acuerdo- dijo con sarcasmo- Mi misión contigo va a ser la de hacerte olvidar tus insoportables noches. Mientras que la misión de Bella es cuidarte y la de Edward es darte cariñitos, la mía será esa, ¿te parece bien?
-Me parece perfecta –dije entre risas débiles que me raspaban la garganta-. Ahora cuéntame, ¿qué ventajas tiene ser un hombre lobo?
-Para empezar, no somos hombres lobo, sino metamorfos –aclaró él mientras intentaba imitar a un profesor de Lengua.
-Vale, podría deducir que…-paré un momento para coger aire, notaba que me ahogaba, pero fue solo un momento- sois cambiantes de forma, en vuestro caso lobos.
-Exacto, pero las explicaciones las da el menda, entendido –dijo con sarcasmo.
Junté las palmas de las manos y mientras bajaba y subía varias veces la cabeza en señal de disculpa.
-Como has dicho, somos cambiantes de forma, nos transformamos en gigantescos lobos protectores. Podemos entrar en fase, que es como llamamos a la conversión, cuando queramos, en el momento que queramos. Te contaré las ventajas de ser como nosotros: fuerza y velocidad increíbles, todos los sentidos desarrollados, vista nocturna, he de decirte que no vemos en blanco y negro como los lobos de verdad, seguimos percibiendo los colores, oído sensible, olfato refinado, gusto…creo que el gusto es el mismo, en fin, resistencia física más desarrollada y no envejecemos si no queremos, es decir, podemos ser o no ser lobos, en el momento en que dejemos de lado nuestra parte animal, volveremos a envejecer.
-Vaya, también tiene inconvenientes, ¿no? –pregunté casi en un susurro, me dolía la garganta después de toda una noche vomitando.
-Yo todavía no he encontrado ninguna –dijo despreocupado-. A lo mejor dentro de algún tiempo empiezo a planteármelo, pero de momento, ser lo que soy me hace muy feliz.
-Se nota…-me entró la tos y tuve que interrumpirme.
Tosía fuertemente y me estaba quedando casi sin respiración. Notaba un sabor férrico en la boca, Seth se levantó de la cama y fue a por algo de papel. Llegó con un pañuelo y me lo tendió para que me limpiase.
Como supuse, estaba sangrando.  
-Perfecto –dije una vez acabé- Seth, ¿esto es normal?
-A mí no me pasó, no sé si a los otros… –paró un momento, su cara se volvió triste y se quedó mirando al suelo, luego, volvió en sí y siguió hablando-. Pero tú no te preocupes porque, a lo mejor, no te transformas en lobo.
-¿A no? –dije sin comprender qué quería decirme.
-Nosotros nos trasformamos en lobos, pero tú podrías ser otra cosa, un gato, un ciervo o, incluso, un águila.
-Me saldrán alas y pondré huevos, que divertido –dije bromeando.
Intentaba sacarle una sonrisa de aquella boca y lo conseguí, me preocupaba su estado de ánimo, parecía ausente.
-Seth, me he dado cuenta de que tu cuerpo ha cambiado –dije dejando el otro tema de conversación atrás.
-Te has fijado, muchas gracias –dijo mientras ponía sus brazos a noventa grados entre su cabeza y hacía fuerza para mostrarme sus nuevos bíceps- Me estoy desarrollando, me ha dicho Jake que en pocos días seré casi tan alto como él y más grande que Paul.
-Vaya, Sr. Musculitos, -dije con una sonrisa- me gusta verte feliz.
Nos quedamos hablando de todos los temas que se nos ocurrían, y yo me sentía mucho mejor cuando no pensaba en el desagradable dolor que, de vez en cuando irrumpía en mi cuerpo como un torbellino.
Cuando llegó la noche Edward vino para sustituirle.
-Hasta mañana Eva, espero que lo pases mejor esta noche –dijo despidiéndose.
-Gracias Seth, adiós.
-Vaya, os estáis haciendo muy amigos –dijo Edward una vez se cerró la puerta de la calle.
-Sí, realmente es un chico muy simpático, pero me preocupa, estaba distante hoy.
-No le ocurre nada, tranquila –dijo sentándose en la cama- ¿Qué tal te encuentras hoy?
-No muy bien, pero no quiero hablar de ello. ¿Qué has hecho tú?
-Pasé por tu casa para ver que tal iba la obra, no la acabarán hasta dentro de dos semanas si sigue lloviendo. También fui a cazar con Alice y Carlisle, no te voy a explicar ahora que es eso –dijo contestando por adelantado mi pregunta-. No lo haré por la sencilla razón de que tú no te encuentras bien y no quiero que empeores si te cuento los horribles detalles de nuestras cacerías familiares.
-De acuerdo, ¿Alice ha visto algo nuevo en sus visiones? –dije cambiando de tema rápidamente.
-Sí –se quedó callado y contempló la pared varios minutos hasta que por fin volvió a abrir la boca-. Ha visto al amigo de Ben.
-¿Está vivo? –era la única pregunta que podía hacerle.
No me contestó, volvió a quedarse inmóvil y en silencio. Yo estaba expectante, necesitaba saber si aquel chico estaba bien o no, si lo estaba no podría decírselo a nadie al igual que si no lo estaba, era muy complicado.
-Está con ellos –dijo con un tono de voz apesadumbrado.
-Es un… -algo en mi me impedía decir la siguiente palabra, obvia en aquel caso.
Asintió con la cabeza muy suavemente. Sabía de lo que hablaba, lo sabía muy bien.
No podía creerlo, alguien a quien conocía, a quien conocía mi hermana y su novio, no le volverían a ver jamás porque este se había convertido en un vampiro, o sí que lo verían pero de una manera atroz, con una sed de sangre casi insaciable. Estaban en grave peligro y tenía que hacer algo.
-Están bien –dijo Edward con la misma voz de pesadumbre.
-¡¿Cómo lo sabes?! –dije con un tono de voz mucho más alto de lo que quería.
-Los Volturis ya no están en Seattle… –dijo el vampiro reduciendo el tono de voz a medida que hablaba- vienen hacia aquí.
Me sentí aliviada tan solo unos segundos al saber que no estaban cerca de Jess y de Ben, pero esa tranquilidad se esfumó en cuanto Edward dijo que se acercaban aquí. Mi corazón se aceleró todo lo que pudo y otra vez el fuego inundó mi cuerpo y mi sangre se volvió a convertir en lava que sentía correr por mis venas, pero, aquella vez no me quedé sin sentidos, al contrario, se habían agudizado. Lo veía, olía y oía todo, con una claridad mayor a la de antes, y aquello me mareaba.
-¿Eva? Eva, cariño te encuentras bien –oí decir a Edward en un tono de voz dulce y preocupado.
Pero, además de su voz, pude oír como se acercaba un coche a la casa, los neumáticos pisando la tierra mojada del camino, la lluvia rebotando en la carrocería, oía, incluso, respirar a la persona que se encontraba dentro del coche y su corazón latir acompasadamente. Era todo tan extraño, tan sobrenatural.
-Bella, ¡por favor! –dijo Edward en voz alta- Ven, necesito tú ayuda.
Era Bella la que había escuchado llegar en el coche.
Noté como se cerraba la puerta de su camioneta vieja y como unos pies corrían por el barro hasta llegar a la casa. Bella cerró la puerta de esta al entrar y en segundos estaba a mi lado. Nunca me había dado cuenta de que ella olía de un modo extraño, tenía dos olores que no combinaban del todo bien pero que tenían cierto encanto, olía a fresa y a perro mojado. Entonces caí en la cuenta de que ella podía cambiar su forma por la de un enorme lobo y, afuera estaba lloviendo, lógica pura.
-¿Qué la ocurre? –dijo con la voz ahogada.
-Sus sentidos, -contestó Edward con suma claridad- son muy agudos. Ha escuchado el latido de tu corazón cuando estabas en el coche.
-¡Viene alguien más! –dije convencida, aunque no supe por qué.
Ambos se quedaron callados, como si estuviesen esperando algo, los dos con la mirada perdida, hasta que Edward rompió el silencio:
-Es Alice, te ha visto.
¿Cómo podía saber yo quien venía?
Era todo muy desconcertante. El fuego seguía dentro y mi corazón bombeaba sangre cada vez más y más deprisa, este saldría de mi pecho si no se controlaba pronto.
Mientras todo aquello sucedía en mi interior, Bella tenía agarrada mi muñeca izquierda con dos dedos, estaba controlándome el pulso, y Edward decía el recorrido que estaba llevando Alice para llegar a la casa. Entonces empecé a escuchar pisadas suaves y rápidas por la hierba y la tierra mojadas, como el viento pasaba a ambos lados de un cuerpo duro y menudo que se desplazaba con gracilidad, escuchaba el pelo fino y alocado de la vampira que iba siendo calado por las frías gotas de agua que se filtraban por las copas de los árboles.
Alice atravesó la puerta de la habitación, empapada, en cuestión de segundos y, como Bella había hecho antes, corrió hacia mí y se sentó en el suelo a mi lado.
-¡Edward Cullen! –gritó mirando a su hermano con el ceño fruncido-. ¿Cómo se te ocurre decirle ahora lo de los Volturis? Tú tranquila, hablaremos con ellos y no pasará absolutamente nada de lo que tengas que preocuparte –dijo más pausadamente dirigiéndose a mi.
-Tenía que contárselo, ella necesita saberlo todo –contestó el vampiro sin levantar la voz.
-Pero no ahora, sabiendo como se encuentra. ¿Por qué se alteró tanto la última vez? –le recordó Alice- Por una noticia a destiempo.
-Tienes razón, pero, ¿cuándo iba a contárselo? –preguntó Edward con el mismo tono de voz.
Alice no contestó, ella empezó a acariciarme la cabeza con aquellas manos gélidas y duras como la piedra pero eran sumamente suaves y agradables al tacto.
Respiré hondo y un nuevo aroma estaba en la habitación, justo donde se encontraba la diminuta vampira. Era dulce, muy dulce, casi quemaba la nariz, pero poco a poco me fui acostumbrando a el, a aquel olor a flores y a cabello húmedo. Pero todo aquello se fue desvaneciendo lentamente, los olores de la sala se entremezclaban, ya no los podía captar por separado, aunque seguía oliendo bien la habitación. La luminosidad que allí reinaba empezaba a desaparecer y la estancia adoptaba un tono más oscuro y lúgubre, y ahora solo podía percibir el sonido de la lluvia cayendo al suelo de tierra-ahora barro-del exterior, ya no escuchaba cada una de las gotas chocar contra todas las superficies de alrededores, tan solo el sonido de una inmensa tromba de agua caer al suelo y al tejado de piedra de la casa y el salpicar en la ventana.
Volvía a ser yo, una corriente humana de sentidos vulgares, pero me sentía algo distinta. El calor no había remitido, pero era soportable.
-Eva…-dijo Edward inquieto- necesitas dormir.
Me quedé pensando en sus palabras, esas tres palabras me sonaban extrañas, amenazadoras. De algún modo pensaba que él quería atacarme, pero solo había dicho tres palabras vanas, ¿cómo podía sentirme amenazada por ello?, además, él me quería, nunca podría hacerme daño.
Todo este sin sentido pasaba por mi cabeza a una velocidad impresionante, yo no quería reaccionar de forma violenta puesto que no me habían hecho nada malo las personas que allí estaban, pero la llama que se alojaba en mi espalda se iba avivando y eso me hacía enfurecer.
Empecé a sentirme confusa y frustrada, necesitaba aire, necesitaba respirar, me estaba agobiando. Movía la cabeza de un lado a otro, buscando una salida con la mirada, y allí encontré la puerta de la habitación, abierta, y algo me incitó a salir. Me coloqué en pie encima de la cama con un movimiento grácil y luego salté al suelo y miré a todos los que allí se encontraban. Vi sus caras confusas y expectantes, pero nadie decía ni hacía nada. Me coloqué de espaldas a la puerta y fui retrocediendo lentamente hacia ella sin perderles de vista. Ellos me seguían con los mismos movimientos leves, parecían imitarme y eso me enfureció aun más. Me volví y salí por la puerta corriendo para salir a la calle. Atravesé la puerta de la casa que llevaba al exterior y en segundos me encontraba ya fuera, calada por el frío agua de la lluvia, y mis sentidos volvieron a agudizarse. Otra vez todo brillaba de un modo especial, podía oler la tierra húmeda del bosque y también, el asfalto mojado de la carretera que llevaba a Forks, que estaba a varios kilómetros de allí, también podía oír los coches que circulaban por ella. Entre todas aquellas sensaciones tan nuevas y tan gratificantes, no me había dado cuenta de que estaba pisando el barro con los pies desnudos y aquello era perfecto, metía y sacaba los pies de la tierra y la notaba fresca y suave, me hacía sentir libre. Pero aquello acabó con el molesto ruido que sonó a mi espalda, la voz de Edward ya no resultaba tan bonita como antes, tal vez porque estaba enfadada con ellos no me apetecía escuchar a nadie.
-¡Eva, vuelve a casa!
Ignoré sus palabras, no quería estar encerrada entre las cuatro paredes de una habitación sombría, no era lo que me apetecía hacer, notaba que mi sitio no era aquel, que tenía que estar allí afuera, mojándome, siendo libre. Por eso no me volví, por ese motivo no entré de nuevo en casa y por ese motivo empecé a correr en dirección al bosque sin que nada me importase y sin que nada me preocupase.
Entré los árboles me encontraba corriendo sin ninguna dirección, tan solo corría y corría tan rápido que los árboles pasaban a mi lado como difusas manchas verdes y marrones, como ya lo hicieron cuando corrí junto a Edward, pero aquello no me cansaba, no me sentía agotada y, por supuesto, no pensaba parar sin un motivo lo bastante grande como para detener mi euforia.
Pero no estaba sola allí, podía escuchar a los dos vampiros hermanos corriendo detrás de mí, y también olía y oía a varios lobos persiguiéndome, estaba segura de que uno de ellos era Bella, con aquel inconfundible olor a fresa y a chucho.
No estaba pendiente de ellos, no me importaban en absoluto, yo tenía una meta, no sabía cual era, pero lo descubriría.
Me concentra en otras cosas: el sonido de algún animal o de la lluvia al chocar contra todos los objetos por los que iba pasando velozmente, todos los nuevos aromas que se filtraban por mi nariz era sublimes y los colores y formas que distinguía con un detalle increíble a pesar de mi rápida carrera, pero ninguna de esas cosas podía impedir que escuchase con más claridad la voz de Edward y de Alice diciéndome que parase y que volviese a casa. Eso me hacía enfadarme más porque me intentaban obligar a hacer algo que yo no quería hacer.
Me alimenté de mi propia rabia y el calor se hizo más intenso y me volví más fuerte y vi la oportunidad, un inmenso río de algunos metros de ancho que no se podían saltar así como así, pero yo me sentía con suerte en aquel momento y me arriesgué. Apreté más el paso y, al llegar al borde de cauce salté con todas mis fuerzas, era asombroso, me sentía como si estuviese volando, pero sabía que no llegaría hasta el final y que me hundiría en el agua del río y ellos me atraparían si no hacía algo. Pensé en pleno vuelo con toda la rapidez que pude y entonces me fijé en la rama de un árbol enorme que sobresalía en dirección al río y que estaría justo a mi alcance en pocos segundos. En cuanto tuve la oportunidad, me aferré a ella con las dos manos y con un salto tan sumamente refinado que me sorprendí incluso yo de aquel movimiento, me coloqué encima de la rama y me puse en pie sin perder en ningún momento el equilibrio. Me volví y vi a Edward, Alice, un lobo de color rojizo, otro amarillo claro y otro que tenía una mezcla de ambos, podía saber que eran Jacob, Seth y Bella los que allí estaban.
Les sonreí y giré sobre mis pies para llegar hasta el tronco del árbol. Andaba como nunca antes lo había hecho, era como si me estuviese pavoneando pero con movimientos lentos y acompasados, diría que incluso felinos. Llegué hasta el tronco y apoyé las manos en el, entonces sentí la corteza del árbol desvanecerse de estas y también de mis pies, y vi como el árbol empezaba a alejarse desde una perspectiva que me asustó demasiado y me di cuenta de que estaba cayéndome de este y, que pronto toparía contra el suelo y todo terminaría, y todo pasó por mi cabeza, había sido una estúpida al haberme enfadado con ellos sin motivo alguno, había sido estúpida al salir corriendo de la casa de Bella, había sido estúpida al ignorar sus constantes llamadas y avisos, había sido estúpida al haber hecho aquel salto y, había sido estúpida por haber dejado a un vampiro que me amaba y moriría de una forma estúpida y merecida.
Cerré los ojos, dejé la mente en blanco y me abandoné, no importaba ya nada porque el fin se acercaba. El fuego había cesado y mi mente quedaba libre ya, entonces pensé en que Edward estaba cerca de allí y que seguro que podía oír mi mente.
-Edward, te quiero –pensé-. Lo siento.
Y esperé la llegada de la muerte con una sonrisa porque estaba segura de que él me había escuchado, ya sabía los que sentía.


Desperté a los dos días en la misma cama que abandoné sin previo aviso. Pero no me desperté de la manera que yo hubiese querido.


Abrí los ojos porque el fuego había vuelto y, aquella vez, solo podía fijarme en ello. Los sentidos no se habían ido, ni se habían agudizado, estaba completamente paralizada por el dolor, mi cuerpo estaba totalmente entumecido y solo podía gritar con toda mi alma, era lo único que podía hacer.
Y así los días restantes hasta el domingo.
Mis alaridos atraían la atención de las personas que se encontraban cerca de la casa, algunos de ellos no hacían absolutamente nada allí y aquello me enfurecía, pero me percaté de que, como hice una vez, esa rabia producida era la que generaba el dolor y lo hacía estallar en mi cuerpo como una bomba de relojería, pero la otra vez que lo hice me llené de fuerza, ahora deseaba no haberlo hecho nunca.
Edward no se alejaba de mi en ningún momento, estaba siempre a mi lado, acostado en la cama junto a mi, pero mi temperatura era totalmente inestable y cambiaba cuando quería y de forma inesperada. Tan pronto era capaz de alcanzar los 50 ºC como, de repente, entraba en estado de hipotermia. En esos casos, él no podía estar muy cerca de mí por culpa de su gélido cuerpo y le relevaba Bella, pero aquello de que por culpa del frío no pudiese estar a mi lado me mataba, era incluso más doloroso que mi propio dolor interno.
Después de la caída del árbol no pude moverme para nada –además de estar paralizada por el dolor-, tampoco era capaz de articular ninguna palabra por culpa de los llantos y los gritos que mi malestar me provocaba. Solo podía escuchar –si podía- a los que hablaban en la habitación y si la conversación me interesaba, cerraba la boca para poder oírles con más claridad, pero acababa sangrando por la nariz sin saber el motivo de este ataque, podía ser la presión que había en mi cuerpo, porque, no solo mi anatomía se transformaba en un horno o un congelador, también era una prensadora.  
Pero solo con escucharles no me bastaba, necesitaba conversar con ellos porque yo era el tema principal de todas las charlas. Qué iban a hacer conmigo era la pregunta que se hacían todos los días varias veces, cuándo hablarían con los Volturis estaba en el puesto número dos.
Pero, por lo menos, estaba siendo informada de todo lo que ocurría. Alice venía siempre para decirnos lo que había visto relacionado con ellos. Sabíamos las cosas más importantes y relevantes, Enzo, el nuevo vampiro reclutado por los Volturis y antiguo conocido mío, tenía un poder increíble, tenía la fuerza de un neófito –al tener tanto tiempo libre me habían explicado varias cosas sobre ellos como por ejemplo, que los nuevos vampiros son más fuertes porque su propia sangre sigue estando en sus tejidos- y que aquella fuerza la tendría para siempre, incluso, Edward especulaba sobre su inmensa fuerza y estaba seguro de que sería mucho mejor que Félix, -otro vampiro de los Volturis que se encargaba de las ejecuciones más cruentas- y aquello era un grave problema, además, Alice también había visto otro nuevo vampiro con ellos, otro que también tenía un don que a Aro le era de gran utilidad. Aquel nuevo vampiro era un chico joven de diecinueve años que se llamaba Thomas y que podía percibir el don que podría tener cada vampiro si se convirtiesen en uno de ellos, y aquello también era un problema porque lo llevarían a Forks para que determinase si yo iba a tener o no algún don especial con mi transformación, pero era obvio que yo no era normal, y si lo era, estaba sufriendo en vano.


Llegó el sábado por la noche y en el ambiente había muchísima tensión, el dolor era más potente y yo estaba conteniéndome para no gritar, pero era muy difícil, puesto que aquello era comparable con un peso de seis toneladas cayendo sobre mi cuerpo congelado –aquel era un día en el que mi cuerpo estaba igual que el de Edward- y era insoportable, no se lo deseaba a nadie. Pero, a pesar de aquel sufrimiento, fue el único día después de que me cayese del árbol, que pude hablar, pero deseé no haberlo hecho porque estaba furiosa y el comportamiento de Edward lo empeoró más, aunque el final de la discusión fue gratificante aunque no llegó a culminarse.


Me encontraba tumbada en la cama arropada hasta arriba y con Bella a mi lado dentro de ella, Edward estaba en la esquina de la habitación, lo más alejado de mi que podía, y Seth también estaba a mi lado, sentado a los pies del lecho.
Nadie hablaba, solo se oían mis gemidos ahogados, estaba con la boca y los ojos cerrados conteniéndome para no gritar como una energúmena, pero las lágrimas se escapaban de mis ojos y corrían por mis mejillas hasta llegar a la boca, entonces aquello me hacía recordar lo que estaba sucediendo y pequeños quejidos se filtraban por las comisuras de mis labios, no tardaría en sangrar y Edward tendría que irse, y aquello no podía soportarlo.
En aquel silencio agobiante se oía solo eso, pero de pronto se escuchó el ruido de un gruñido que sonó aterrador, y se volvía más intenso y terrorífico. Yo me olvidé de mi agonía y abrí los ojos para buscar de dónde provenía aquel sonido, y miré a Bella y las dos miramos a Seth y los tres miramos a Edward y caímos en la cuenta de que aquel sonido era producido por el vampiro.
Este dirigía su mirada hacia Seth y lo contemplaba con unos ojos de profundo odio, le estaba matando con aquella mirada fría.
-Edward, lo siento –dijo Seth muy despacio-. Se me ha ido la cabeza, perdona colega.
-¡No vuelvas a pensar eso NUNCA! –contestó Edward mientras se levantaba y dirigía hacia él-. ¡Me has oído, chucho!
-¿Qué ha ocurrido? –dijo Bella saliendo de la cama para ponerse en medio de ambos- Seth, ¿qué has pensado?
-No ha sido adrede, lo siento de veras. Tío perdóname –dijo Seth también levantándose de la cama con las manos extendidas para que Edward no se acercase.
-Será mejor que te vayas Seth –dijo Bella agarrándole y empujándole hacia la puerta.
Él no contestó y se dejó arrastrar por ella hacia la salida, no hizo ningún impedimento para que no le echase. Después se escuchó la puerta de la casa como se abría y cerraba detrás del joven hombre lobo.
Bella y yo nos volvimos hacia Edward, este miraba hacia el suelo todavía con aquella mirada vacía y seca, con el ceño fruncido.
Mi dolor ya no existía, pero no porque se hubiese ido ya que todavía seguía latente, ya no existía porque una gran ira se había apoderado de mí ser y pesaba más que los dolores que podía sentir.
-Edward, ¿qué demonios acaba de ocurrir aquí? –pregunté en un tono apagado.
-Estaba pensando cosas que no me han gustado –dijo él bajando la voz- Eso es todo.
-¿Qué era? –intervino Bella-. ¿Estaba pensando cosas sobre Eva?
Asintió con la cabeza.
Aquel movimiento me hizo llenarme rápidamente del calor abrasador que solía estar en mi cuerpo. Solté un quejido leve y me senté en el borde de la cama preparada para levantarme y dirigirme hacia el vampiro.
-¡Tiene que ser muy complicado ser tú, ¿verdad?! –dije poniéndome en pie muy suavemente, sin alterar todavía mi pausado tono de voz-. Es decir, ¡escuchando todo el tiempo las opiniones de la gente, tanto si te gustan como si no!
-No…-intentó decir él, pero le interrumpí:
-Muy duro –dije yendo hacia él despacio-. ¡Pues escúchame bien, Edward Cullen, no puedes obligar a la gente a cambiar lo que piensa porque a ti no te guste, tan solo por el simple motivo de que lo estás escuchando tú también! ¡No puedes! ¡Habrá cosas que piensen unos sobre mi que a ti no te agraden pero no puedes cambiar las cosas porque tú quieras!
-Estaba pensando en…
-¿En qué estaba pensando Seth?, ¿en algo subido de tono sobre mi? –dije acercándome cada vez más a él.
-En parte –dijo posando sus dulces ojos amarillos en los míos.
-No me molesta, es muy posible que a ti sí, pero… -me detuve.
-Pero…-dijo él todavía con los ojos puestos en mí.
-Bella, por favor. Puedes salir de la habitación –dije girándome hacia ella.
-Sí, por supuesto –me contestó ella mientras salía y cerraba la puerta.
Volví a la cama sin decir ninguna palabra y Edward vino detrás de mi callado también. Me senté en el borde y él me imitó quedándose justo a mi lado, ya no sentía frío, así que él podía estar a mi lado perfectamente. Yo tenía los ojos clavados en el suelo, pero, de vez en cuando le miraba por el rabillo del ojo.
-Compréndeme –dijo él en tono de disculpa mirándome el perfil de la cara.
-Bella me contó lo de la imprimación –dije en voz muy baja, todavía sin mirarle a los ojos-. Era eso en lo que pensaba Seth, ¿verdad?
-¿Cómo lo has sabido? –preguntó él muy desconcertado.
-En estos días he podido observar y conocer muchas de tus expresiones vacías, y eso que yo no sé leer ni la mente ni las caras de los demás –dije manteniendo los ojos en el suelo de piedra negra-. Sé que no te hubieses enfadado tanto porque Seth hubiese pensado algo lascivo sobre mí, sé lo mucho que te molestó la imprimación de Jacob. Pero de todo esto me he dado cuenta ahora y te iba a regañar por eso, y lo siento de veras.
-No tienes por qué disculparte, tienes toda la razón, pero tengo serias dudas sobre tu naturaleza y sobre si te puedes imprimar tú también, y dejarme, y no podría soportar otra más –dijo cogiéndome con sus congeladas manos las mías.
-Edward, te quiero –le contesté mirándole a los ojos directamente.
Y sin dejarle decir ni una sola palabra más, me lancé a sus labios robándole todos los besos que no me pudo dar en esa semana.
Caímos los dos lentamente sobre la mullida cama y girábamos de un lado a otro mientras nuestros labios se unían y se separaban continuamente y nuestras manos acariciaban dulcemente el cuerpo del contrario. Las mías subían por su espalda y se quedaban largo rato enganchadas entre su pelo cobrizo mientras que las suyas se quedaban en la curvatura mi espalda, inmóviles.
Ya no me acordaba del dolor, ni de la quemazón, ni del frío, ahora me sentía llena de fuerza, otra vez con vida, otra vez como antes.
Edward empezó a respirar algo más fuerte y, entonces supe que se estaba poniendo algo nervioso y que no tardaría en perder el control, pero no me importó porque lo que yo quería era eso, quería saber qué sucedería si él se volvía agresivo contra mí. Pero, a pesar de su respiración nerviosa, no separó mi cuerpo del suyo como ya hizo una vez, no, continuamos juntos, rodando por la cama de un sitio a otro sin que cesaran las caricias ni los besos.
Empecé a desabrocharle la camisa azul cielo que llevaba nueva aquel día y yo levanté los brazos para que me quitase la parte superior de aquella camiseta ancha que utilizaba para dormir. Nos tumbamos en la dirección correcta de la cama y seguimos besándonos apasionada y acaloradamente –aunque yo era la única de los dos que podía sentir aquel sentimiento-.
-Déjalo Eva –dijo de pronto Edward.
Me empujó de su cuerpo muy despacio y me posicionó en la cama lentamente mientras él se levantaba de esta y se colocaba su camisa, después me entregó la mía y se volvió a sentar a mi lado en la cama.
Yo estaba poniéndome la camiseta cuando oí como se cerraba la puerta de casa y una voz aguda preguntaba a Bella dónde estaba Edward. Luego, oí los pasos suaves, rápidos y acompasados de Alice que acababa de entrar por el umbral que conducía a la habitación en la que nos encontrábamos el vampiro y yo.
-Gracias –pensé mientras le miraba indirectamente.
Pude ver una sonrisa torcida en el perfil derecho de su cara.
-He visto lo que estabais haciendo –dijo Alice sentándose en el otro lado de la cama- No pasa nada. ¡Ven Bella! –gritó girando la cabeza en dirección a la puerta.
Bella apareció y entró en la habitación con una sonrisa de satisfacción en la cara. Se acercó a Alice y le dio un golpecito muy suave en la espalda a esta. La vampira asintió y la sonrisa de Bella se intensificó aun más. Entonces miré a Edward que seguramente las estaba leyendo la mente, y vi exasperación en su rostro y supe inmediatamente lo que estaban pensando.
-Los Volturis han estado en casa –dijo de pronto Alice con un tono preocupado-. Han hablado con Carlisle y él me ha enviado aquí para que os cuente lo sucedido.
-No la convertiré, Alice –dijo Edward mirándola fijamente a los ojos.
-Eres muy pesado –le contestó Bella sustituyendo su anterior sonrisa por una más seria-. Deja que ella elija.
-No discutáis porque los Volturis quieren verla siendo lo que es ahora, así que, de momento nada de transformaciones. –dijo Alice ahora mirándome a mí-. Carlisle ya les ha dado una fecha y hora.
-El miércoles de la semana que viene a las ocho de la tarde –dijo Edward en voz baja-. Me parece muy pronto, además, ella no se encontrará en condiciones de asistir a ninguna parte.
-No te preocupes, ya no siento lo mismo que antes, seguramente ya me esté recuperando –dije intentándole convencer en vano porque sabía que él no iba a acceder-. Bella, mañana haré el examen para policía, puedes decírselo a tu padre.
-Eva, si quieres ser un vampiro, no podrás desempeñar tu trabajo como policía, -dijo Alice acariciándome la mano dulcemente- por lo menos hasta que estemos seguros de que puedes estar al lado de humanos sin comértelos.
-Entonces renunciaré a ser policía, por el momento –contesté algo triste por la idea de no poder ejercer como policía al convertirme en vampiro-. Espero que merezca la pena.
Edward no me miró, ni a mi ni a nadie, simplemente, se quedó callado y con la cabeza bajada, posando sus ojos en el suelo. Sabía que no se encontraba bien por lo que se vería obligado a hacer en unos días, pero tenía que entender que yo quería ser lo mismo que él y que su familia, que quería formar parte de ellos, que siempre había soñado con ser un vampiro –aunque solo fuesen imaginaciones- y ahora podría conseguirlo y no iba a renunciar a aquel cuento de hadas –o de terror, según cómo y quién lo mirase-, lo conseguiría.
-Eva, será mejor que descanses y que te recuperes –dijo Alice sonriente.
-¿Quiénes van a asistir a la reunión? –dijo Edward en un tono muy serio, seguía sin levantar la cabeza.
-De los Volturis irá Aro, Jane, Alec, Félix, Renata y los dos nuevos fichajes: Enzo y Thomas. Carlisle, Esme, Rosalie, Emmett y Jasper no pueden ir, ellos no soportan el olor de Eva y ellas intentarán alejarles de la zona todo lo que puedan ya que nos veremos en el bosque, cerca de nuestra casa, y si la manada de Jacob quiere asistir sería conveniente, los Volturis ya no tienen nada contra ellos.
Vi algo de exasperación en el rostro de Edward, realmente no quería que se celebrase aquella reunión por el destino tan funesto que pensaba que iba a tener yo, pero era lo que deseaba.
-De acuerdo, -dijo finalmente el vampiro-. Eva, cielo, acuéstate y descansa.
Todos fueron saliendo de la habitación dejándome allí sola para dejarme dormir, algo que necesitaba.

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